5 dificultades en la traducción de textos literarios

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Saludos a todos los lectores de En Otras Palabras. Con el pretexto de nuestra reciente traducción de la obra Bibliomanía, de Gustave Flaubert, hoy queremos desviarnos del ámbito empresarial para acercarnos a otro sector de la traducción con un enorme volumen de trabajo como es la traducción de textos literarios. Este tipo de textos son el resultado del esfuerzo, en ocasiones de varios años, de investigación y producción literaria de numerosos autores, que facturó solo en España 2.363 millones de euros en el año 2019, y más de 7.000 millones de dólares en América Latina. Ahora bien, estas cifras palidecen en comparación a mercados extranjeros en lengua inglesa, sólo en Norteamérica el volumen de negocio alcanza más de 23.000 millones de dólares, más de doble del mercado hispano. Parece entonces atractivo poder lograr que nuestra obra alcance mercados internacionales ¿verdad?

Sin embargo, no podemos perder de vista que el éxito de una novela depende de múltiples factores, aunque destaca su capacidad para generar empatía en el lector, esto es, en despertar su interés por conocer el desarrollo de la obra. Para poder saltar a otros mercados con éxito, es imprescindible mantener ese je ne sais quoi que reviste nuestra historia de interés, y con ese propósito, os damos estos consejos para lograrlo.

1.- Buscar traductores que dominen los dos aspectos del proceso.

No basta con tener un amplio conocimiento general de un idioma, si no que debemos ser capaces de tener cultura literaria para apreciar el uso de recursos del lenguaje y simbología, que no siempre conserva su significado entre culturas. Un claro ejemplo lo tenemos en las connotaciones del color. Así como en la cultura europea el púrpura simboliza la divinidad, la cultura asiática apuesta por el amarillo, y la egipcia, judía e hindú por el azul y el dorado (no sin razón Shiva se representa con la piel azul). Así pues, una frase como “Se puso su regía túnica púrpura”, debería variar a “túnica azul y dorada” o “túnica amarilla”, dependiendo del sector donde se vaya a distribuir la obra.

2.- Expresiones localizadas en el tiempo.

Por otra parte, toda traducción literaria debe enfrentarse a una dicotomía cuando existe un desfase entre el tiempo interno y externo de la obra, esto es, el momento en el que transcurren los hechos narrados y aquel en el que nos encontramos, e incluso aquel en el que se encontraba el autor cuando escribió la obra, que puede ser distinto de los otros dos.

            De esa forma, es necesario elegir entre expresiones del texto propias de su tiempo narrativo, cuando estas existen para generar inmersión en ese momento de la historia, o cuando son propias del momento en que se escribe la obra y pretendían ser modernas, en cuyo caso estarán mejor adaptadas a la jerga coloquial más actual para referirse al mismo fenómeno; de otro modo, conservar neologismos que ya no lo son podría revestir la obra de una sensación “carca” y no contemporánea.

3.- Intencionalidad según la estructura de la frase.

            Otro detalle que a menudo pasa desapercibido es el orden de los elementos en una oración. En muchas culturas, entre las que se incluyen la propia y la inglesa, la posición del sujeto y el predicado en la oración demuestra un énfasis en aquello que el escritor considera más importante, quien lo hace o que se hace, e incluso dentro del propio predicado, podemos destacar el que, el cómo, cuando, donde, y un largo etcétera.

            Por ello, debemos tener un cierto grado de conocimientos técnicos a nivel morfológico y sintáctico en ambos idiomas, motivo por el cual no bastará como traductor una persona bilingüe cuyo aprendizaje se basa en haber vivido en países de habla inglesa e hispana, si no que deberá premiarse el estudio serio y formal de cada idioma, logrando así transmitir la experiencia literaria.

4.- Expresiones sin traducción directa –homologación de términos.

            Uno de los mayores retos a los que se enfrenta cualquier traductor veterano son aquellas expresiones exclusivas de un idioma, que a menudo reflejan una realidad propia de su cultura, y que no encuentran ningún homólogo en la lengua de destino.

            Los ejemplos son numerosos en varios idiomas, pero concretamente en el contexto de la obra de Flaubert, surgen los términos “bouquinistes” o “brocanteurs”, con una notable carga poética en su lengua de origen, y aún sabiendo que el término original engloba más matices, resolvimos respectivamente como “librero de lance” y “anticuario”, que al lector hispano podrían evocarle el aspecto más parecido al original.

            En este aspecto, poco puede hacerse a nivel formativo para remediar este tipo de términos, quizás el único remedio sea un profundo conocimiento de ambas culturas y muchas tablas traduciendo, lo que nos permite tener una visión de conjunto que, a su vez, permite averiguar qué palabra de nuestro idioma abarca en mejor manera la original.

5.- Trasposición de términos de nueva creación (ficción literaria).

            Aún un paso más allá se encuentran los términos de nueva creación, esas palabras de las obras de ficción que no encuentran acomodo en ninguno de los idiomas de la obra, ni en el de origen, ni en el de destino. En estos casos lo más recomendable es acudir a la raíz del término, ver con que otras palabras se comparte y que papel juegan en la sociedad de la narración, para hacer una homologación en nuestra propia lengua. “Si yo me inventara un término para esto, en mi idioma, ¿cómo lo haría?” es el proceso resumido.

Así, la obra de Flaubert, en su texto original está ambientado en una Barcelona imaginaria del siglo XIX. La moneda que utilizan el autor francés son los «pistoles«. Para cuya traducción al español ha habido que hacer una pequeña investigación, contextualizando este término y adaptándolo al tipo de moneda que se usaba en aquel momento en España, haciendo que sea familiar para el lector contemporáneo. Al final resolvimos con el término doblones que, sin dejar de ser familiar, permitía conservar la disonancia entre la moneda y el tiempo del a obra.

En definitiva, hemos tenido que lidiar con un Flauvert muy joven, esta fue la primera novela que escribió con 15 años y transmitir en la traducción su edad tan temprana como escritor. En ningún momento hemos tratado de corregir el texto original con el fin de que el lector lo entienda mejor sino de ser fiel al estilo tan naive e inocente de este genio escritor a tan corta edad.

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